El mar es el medio de vida para muchas personas que habitan en sus costas y que dependen de él por su trabajo, relacionado directa o indirectamente con el ecosistema marino. Para otras muchas personas, el mar se ha convertido en un lugar de ocio y recreación. En definitiva, una gran parte de la población se concentra en la franja costera de manera permanente o al menos periódica, interaccionando con el mar y la costa de las formas más diversas, desde aquellos que trabajan en una empresa conservera hasta el bañista o pescador recreativo ocasional.
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En los últimos años, se ha introducido el concepto de desarrollo sostenible como modelo de gestión de los recursos naturales. Este concepto se basa en el hecho de que los recursos no son inagotables sino que tienen una capacidad de regeneración limitada. Por tanto, debemos respetar esta limitación si queremos continuar explotando los recursos de una forma duradera.
Esto se hace especialmente evidente en el caso de la pesca profesional. Los medios tecnológicos han avanzado tanto desde hace cinco o seis décadas que la capacidad de capturar pescado es enorme en las flotas modernas y va más allá de lo que el ecosistema puede producir. Por este motivo, es necesario gestionar de alguna manera esta actividad de forma que se capture sólo el excedente y se respete una población mínima que regenere lo capturado. Así pues, la mayoría de las especies de interés comercial están reguladas por cuotas, que son fijadas por las autoridades con el asesoramiento de los científicos.
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Esta presión derivada de la actividad humana puede ser, en algunos casos como el estuario del Nervión o el puerto de Pasajes, tan intensa y continuada durante varias décadas que el ecosistema no es capaz de absorber el enorme impacto que esto supone. Se da entonces una situación de desequilibrio permanente en el que tanto las características físico-químicas del medio (corrientes, contenido en contaminantes, naturaleza de los fondos, transparencia del agua, etc) como las comunidades naturales de microorganismos, plantas y animales que lo habitan se ven alteradas, la mayoría de las veces de forma irreversible.
Esto se debe a que los elementos que componen el ecosistema marino, tanto físicos, químicos como biológicos, son tan numerosos y las relaciones entre ellos son tan complejas, que cualquier alteración provoca una reacción en cadena en la que es muy difícil echar marcha atrás. Para verlo de una manera simple, es como quitar una pieza de un castillo naipes. Se cree que la proliferación de medusas en nuestras costas durante el verano en los últimos años se debe a alguna alteración de este tipo.
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Además, como el mar es un medio continuo y sin barreras, los efectos de nuestras actividades no se limitan a un espacio concreto y cerrado sino que sus consecuencias pueden manifestarse a muchos kilómetros de distancias. Pensemos, por ejemplo, en el caso de los vertidos de petróleo.
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